
Esforzarse tanto como nadie
El talento determina el punto de partida; el esfuerzo, la altura a la que llegas. Eso de "no ser inferior a nadie" no significa cansarse más que los demás, sino ser cada día más concentrado y más minucioso que el yo de ayer. Hacer un trabajo corriente y repetirlo hasta la impecabilidad ya es una disciplina extraordinaria. Esfuérzate hasta conmoverte a ti mismo y las oportunidades llamarán a tu puerta por sí solas.

Ser humilde, no soberbio
Cuanto mayores son los logros, más hay que agachar la cabeza. La soberbia es el interés de la capacidad: en cuanto empiezas a disfrutarlo, el capital se pierde. Mantener la humildad es lo que te permite escuchar opiniones distintas, ver tus propias carencias y retener al talento que te rodea. Si llevas a los demás en el corazón y dejas los méritos atrás, el camino se ensancha cada vez más.

Reflexionar cada día
Al terminar el día, no solo hay que hacer balance de los resultados, sino también de uno mismo: ¿qué frase hirió a alguien hoy? ¿qué decisión fue demasiado precipitada? ¿qué cosa podría haber salido mejor? Reflexionar no es negarse a uno mismo, sino hacer una "actualización del sistema" diaria. Quien se mira al espejo cada día es quien puede mejorar día a día y avanzar con paso firme.

Acumular buenas acciones, pensar en los demás
El altruismo es la forma más elevada de egoísmo. Piensa un paso más en el otro, carga con un poco más por el equipo, y la bondad echará raíces y brotará como una semilla en lugares que no ves. No dejes de hacer el bien por pequeño que sea, ni midas tus actos por la recompensa. Cuando deseas de verdad que a los demás les vaya bien, el mundo suele devolvértelo de formas insospechadas.
